sábado, 7 de diciembre de 2013

Libro ¿Qué es Nación? Entrevista a Hugo Neira.

El Código Neira


Hugo Neira repasa la historia política contemporánea y presenta el segundo libro de su anunciada trilogía teórica.

Carlos Cabanillas

Desde su balcón, toda la sólida ciudad se desvanece en el aire. Más precisamente, en la neblina limeña. El silencio que habita en su torre de marfil lo ha ayudado a escribir decenas de libros y algunos clásicos. No le preocupa que algunos izquierdistas olviden citarlo. Ya lo citó Eric Hobsbawm, acaso el historiador marxista más importante del siglo XX. “Dejé un trabajo con él por venir a la Reforma Agraria”, recuerda entre risas. Con solo 77 años aún planea escribir un estudio sobre el populismo, un libro sobre el desencanto político en estos tiempos de relativa bonanza y, encima, una aproximación a Borges, a quien imita a la perfección, con párpado caído y todo. Antes promete terminar la anunciada trilogía que empezó con ¿Qué es República? (USMP, 2012) continúa ahora con ¿Qué es Nación? (USMP, 2013) y terminará con ¿Qué es Estado (y Sociedad)? “Solo después de ese tercer libro descenderé a lo particular, a ver qué pasó en el Perú”, cuenta desde su torre.

–Usted advierte que, por fin, “ha llegado la hora de la teoría”. 
–Las ciencias sociales no son ajenas a los cambios del mundo. Como el subtítulo de mi libroHacia la tercera mitad (SIDEA, 1996), estos también son “ensayos de relectura herética”.


–Una relectura interdisciplinaria, como ya es costumbre en usted. 
–Hay sociología, historia y ciencia política, que es la ciencia del conflicto. En eso Marx acertó, pero la lucha de clases no es la única lucha. ¿Lo que no hay? Un nuevo absoluto. Por eso el título es una pregunta.


–¿El hereje Neira sigue pensando que las ideologías son las “nuevas teologías”? 
–Como el filósofo alemán Eric Voegelin, creo que son die politischen religionen: religiones políticas. Tuve dos impactos históricos: mi compromiso con el velasquismo y la caída del Muro de Berlín. El velasquismo fue un Estado anticipado con reformas para una sociedad conservadora que se defendía con uñas y garras. No me arrepiento. Luego, viví la caída del Muro en la academia europea. Ahí se vino abajo el determinismo económico, salvo para algunos empresarios que hoy son los nuevos marxistas. Hubo que revisar los epistemes.


–En el fondo, la suya es una historia de las ideas. 
–Sí, porque la nación parte de la voluntad, sea de las élites o del pueblo. Renan dice que la nación es un plebiscito cotidiano. Votamos todos los días por ser parte de algo. Es la forma superior, luego de la familia y el clan. Pero el nombre llega después. Cuando apareció la burguesía le llamaban el ‘tercer estado’. La institutriz Flora Tristán se indignó al ver la miseria del ‘pauperismo’ y del ejército de putas en Londres. El proletario que trabaja para alimentar a la prole vino después. Así, los franceses ya eran franceses antes de la Revolución.


–¿Francia fue creación de sus élites? 
–Sí, fue una unidad impuesta desde arriba. La nación francesa se construyó bajo nueve siglos de monarquía del Ancien Régime. Caminos, impuestos, censos. Tocqueville lo dijo: en Francia ha habido dos revoluciones. La administrativa y la que vino después. Como liberal, reconoció la importancia de ambas, pese a que 17 familiares suyos subieron al cadalso. En Alemania fue al revés: de abajo hacia arriba.


–¿Cuál fue el rol del protestantismo en Alemania? 
–Para ser un buen alemán había que ser un buen protestante y para eso había que saber leer. No había protestantes iletrados. Mientras tanto, había muchos católicos analfabetos que solo escuchaban misa. ¿Qué unía a los sesenta estados unificados por Bismarck en 1871? Nada, salvo la lengua. La lengua nos habita, dicen los lingüistas. Nosotros no la hablamos: la lengua nos habla. Los poetas lo saben mejor que nadie. Por eso la Alemania cultural existió antes que la Alemania política. Allá la lengua es la cultura, y die kultur significa la civilización. Por eso la tierra de los filósofos entró rápidamente a la modernidad. Ahora Putin es Bismarck: quiere anexar Bielorrusia y Ucrania a través de la lengua.


–Dos formas de construir nación: desde la cultura y desde el aparato estatal. 
–La tercera es el Reino Unido. Una roca en medio del mar que construyó su experimento. ¿Cómo se construye lo atípico si no es en una isla? Siempre la utopía es en una isla. Allí está Cuba.


–El líder carismático juega un rol. El populista, el intelectual, el nacionalista. 
–Sin nacionalistas no hay nación. La modernización de Japón parte del emperador. En México hay una relectura de la revolución a través del PRI. Y el de Ghandi fue el mayor triunfo anticolonialista de la historia. Haya se impresionó mucho con él. Como dice Max Weber, cada nación es una singularidad, una innovación. En Europa, la modernidad secular crea la nación. En los otros países nace de la tradición y la religiosidad.


–Volvamos a la herejía. En 1972 usted dijo: “Desde Mariátegui en adelante lo que se ha hecho es religión: el último laico fue González Prada”. 
–El modelo tradicional del partido comunista fue la orden jesuita. Allí nace la idea del intelectual de acción, austero y disciplinado. No olvidemos que Ignacio de Loyola fue un militar. A mí el comunismo me dio rigor. Afortunadamente, me libré de sus dogmas. Fui lo suficientemente comunista como para renegar del comunismo. 


Raúl Porras Barrenechea le enseñó a fichar. “No es muy liberal ningunear la existencia del otro”, dice Neira. “La izquierda y la derecha se necesitan”.

Fuente: Revista Caretas n° 2312. 05 de diciembre del 2013. 

martes, 3 de diciembre de 2013

Richard Sennet. La relación entre lo material y lo social.

Richard Sennett: “Se desprecia la praxis”

Sociología. Richard Sennett dice en esta entrevista que la mano y la cabeza no Están separadas en el trabajo aunque la sociedad sólo valore a una de ellas.

Justo Barranco
El capitalismo financiero ha cambiado el mundo. Y no para mejor, opina el sociólogo Richard Sennett. La aversión al largo plazo de este capitalismo ha sido uno de los factores que han originado la crisis actual y que ha cambiado radicalmente nuestras vidas en las últimas décadas. En El artesano (Anagrama 2009) parte de una vieja conversación con su profesora Hannah Arendt, la autora de La condición humana , en la que ella separaba la producción física, en la que seríamos poco más que bestias de carga, de la creación mental. Para Arendt, la mente entra en funcionamiento una vez terminado el trabajo. Para Sennett, en el proceso de producción del artesano –todo aquel que desea realizar una tarea bien hecha, y que incluye no sólo la producción manual, sino también a programadores, médicos, artistas o padres– están integrados el pensar y el sentir. La mano y la cabeza no están separadas, aunque nuestra sociedad sólo valore una.
–¿Por qué la relación entre la mano y la cabeza es básica?

–Nuestra potencia mental se desarrolló a través de las manos, de la manipulación de cosas. Hoy pensamos en las actividades materiales como cosas estúpidas, percibimos nuestros cerebros como una maquinaria autosuficiente. Es erróneo. Hay un proceso abierto entre mejorar las capacidades físicas y el pensamiento, una relación estrecha entre la mano, la cabeza y el corazón. Pensamos un diseño y creemos que esa imagen mental puede proyectarse al mundo. Una política malísima: no aprendemos de la práctica.

–Parece aquella vieja división filosófica entre alma y cuerpo.
–No es la filosofía sólo, la política también. El capitalismo ha alentado esta división. En las últimas décadas los bancos han negociado con abstracciones, teorizan sobre los valores y pierden el contacto con lo que es una fábrica, una tienda. Muchos compran y venden empresas que no entienden. Ni lo necesitan, porque compran su valor monetizado. Y no hay posibilidad, artesanía, de hacer que la empresa sea buena o mala, no hay conocimiento. Compran una empresa de colchones y la venden a otra pero con más deuda, esta hace lo mismo. La empresa cada vez tiene menos capital y tiende a la quiebra. Le pregunté a uno de los compradores: ¿Has visto cómo se fabrica un colchón? Me dijo que para qué, si sólo iba a ser propietario tres meses. Así se desarrolla ahora la economía capitalista, se desprecia la praxis, las manos en la masa, no saben qué hacer porque de hecho nunca han gestionado nada.


–¿Es la explotación actual?
–Sí, la dominación de las finanzas sobre la economía real. Las finanzas son una operativa abstracta. Siempre pensamos que el capitalismo es hostil a la artesanía porque discapacita al artista, pero es más sofisticado: no está implicado en la práctica. Teoriza. Por ejemplo, con la deuda. Es una de las razones de la crisis actual.

–¿Y las otras?
–Otra es la forma del tiempo en el capitalismo hoy: todo es a corto plazo. La economía global se reorienta al comercio del precio de las acciones más que a sus beneficios finales. La noción de gestionar una empresa para tener beneficios a largo plazo ha desaparecido. Puedes ganar dinero con empresas que están perdiendo. De manera que cuando llegas a una economía como esta no tienes ningún interés en lograr que la economía real funcione.


–¿Qué piensa de los suicidios en Francia en Renault o France Télécom?
–Estamos estudiando el desempleo a largo plazo en Wall Street y encontrando cosas muy similares. Alcohólicos y suicidios no sólo entre los que pierden el trabajo sino entre los que se quedan, que están tan estresados porque para conservar el puesto de trabajo tienen que hacer cada vez más. El capitalismo en los últimos veinte años se ha hecho completamente hostil a la construcción de la vida. En el antiguo capitalismo corporativo de mediados del siglo XX podías sufrir injusticias pero construirte la vida. En los últimos 20 años se ha convertido en algo inhumano y la izquierda tan contenta de ser hombres prácticos que pueden hablar con los banqueros. De hecho, el primer movimiento en la crisis ha sido ayudar a los bancos. En Inglaterra se compraron cuatro y aun así se decidió no interferir en lo que hicieran.

–¿Cuál es su alternativa?
–No podemos volver al antiguo capitalismo. La izquierda debe reflexionar sobre cómo hacer crecer empresas que realmente permanezcan. Empresas de tamaño pequeño como las del norte de Italia y sur de Alemania, con trabajos muy especializados. No fabrican en masa y trabajan más a largo plazo, desde la formación de los trabajadores a sus relaciones de exportación. Un trabajo artesanal, que puede ser muy avanzado, como pantallas de enorme definición para operaciones quirúrgicas.


–“El artesano” es el inicio de una trilogía de despedida.
–Quería unir las preocupaciones básicas de mi obra, la relación entre lo material y lo social, lo concreto y lo abstracto. Luego me dedicaré al violoncelo, he recuperado la posibilidad de tocarlo, pero sólo me quedan diez años en la mano. Por cierto: todos los músicos son artesanos, saben que no existe una idea musical sin base física. Los otros libros están dedicados a la relación entre lo material y lo social: la confianza, el respeto, la cooperación, la autoridad, la artesanía de las relaciones sociales. Y a nuestra relación con el medio ambiente.

–Usted rechaza lo que implica la idea de sostenibilidad.
–Porque no somos propietarios de la naturaleza. Sostenibilidad significa mantener las cosas como están. Es una metáfora errónea. Podemos funcionar con mucho menos tráfico, menos carbono. Distintos edificios. Debemos cambiar la noción de la modernidad de que el ser humano siempre dominaría la naturaleza. Produce autodestrucción. Copenhague ha sido terrible, especialmente los chinos, que cinco días antes decían verde verde, y luego que no, que no quieren que nadie interfiera con ellos ni conozcan su tecnología. Aterrador. Y los europeos, fuera de juego.


© La Vanguardia
Fuente: Revista Ñ (Clarín). 29 de noviembre del 2013. 

domingo, 20 de octubre de 2013

Renato Ortiz, “Ciudades, cultura y futuro”.


El biógrafo de la ciudad “global”

De paso por Buenos Aires, Renato Ortiz, el reconocido pensador brasileño analiza las mutaciones por las que atraviesan las metrópolis contemporáneas.

"De la misma manera que hay que ser crítico con lo universal, también hay que ser crítico con la diversidad", dice Ortiz.

Marcelo Pisarro

El antropólogo y sociólogo brasileño Renato Ortiz estuvo en Buenos Aires. Dictó una conferencia en el seminario internacional “Ciudades, cultura y futuro” que se realizó en la Usina del Arte, en La Boca. El tema de la convocatoria y los intereses del orador dieron la excusa para repasar algunas de sus preocupaciones recurrentes.
–¿Qué es una ciudad?
–Es difícil definirla. Hoy las ciudades son básicamente configuraciones del espacio urbano. En el pasado las ciudades no eran necesariamente urbanas. Tenían otra naturaleza. La ciudad moderna es una aglomeración, en el interior de la cual están presentes el anonimato y la impersonalidad. De una manera metafórica, una ciudad es una sociedad que tiene nostalgia de una comunidad. Muchas personas quieren transformar ese espacio heterogéneo e impersonal en un lugar más habitable. Más comunal. Es un dilema que emerge con la revolución industrial y que todavía está presente.
–Durante el siglo XX se usaron diferentes metáforas para entender la ciudad: organismo biológico, máquina, texto. ¿Qué metáfora usaría hoy?
–La ciudad moderna se pensaba a partir de la idea de totalidad. En ese sentido los arquitectos hablan de reforma urbana: suponen la existencia de una totalidad urbana que se puede trabajar, planear, decidir qué hacer o no hacer. En la ciudad “posmoderna”, como se dice, esta totalidad se rompió. Las ciudades no son sólo una totalidad; las conglomeraciones incorporan zonas conurbanas, se hace difícil establecer las fronteras. Habría que buscar metáforas de agregación pero también de disfunción para referirse a las ciudades contemporáneas.
–¿Por qué entrecomilló la posmodernidad?
–Porque la posmodernidad ya no existe. El debate sobre la posmodernidad declinó al final de los 90. Ya no hay arquitectos posmodernos. Ni siquiera quedan filósofos posmodernos. En el siglo XXI aquello que se denominaba “posmodernidad” decayó en el debate en contraposición con la globalización. La discusión sobre la globalización tomó una dimensión mucho más importante de la que tenía en los 80 y 90. Eso no quiere decir que los puntos discutidos en el debate posmoderno no hayan sido importantes, por ejemplo, el tema de las diferencias, la crítica a los universales, al eurocentrismo.
–¿Los debates sobre la globalización no están empezando a caer también en desuso? Parecen haberse corrido del centro de la escena pública; la globalización ya no aparece como objeto principal de queja.
–Es bueno quejarse de la globalización. Al menos del tipo de globalización que tiene efectos negativos en la vida de las personas. Yo creo más bien que el debate sobre la globalización está cada vez más asimilado. Llegará un momento en el que ya no necesitaremos hablar sobre globalización. Los problemas estarán insertos en un contexto más amplio. Todavía no llegamos a ese punto, pero el camino es ése.
–Usted señaló que la mundialización, para tornarse cultura, debe materializarse como cotidianeidad.
–Sí. Cuando escribí Mundialización y cultura en 1994 la gran dificultad, lo urgente, era entender este fenómeno, que se tomaba como algo que venía de afuera. Como yo tenía una formación antropológica además de sociológica, al trabajar sobre cultura podía mirar cómo la globalización actuaba en los hechos cotidianos. Decía entonces, por ejemplo, que Madonna ya no es estadounidense, que está mundializada. El otro día bromeaba con que Pelé ya no es más brasileño, ya es un icono internacional; Maradona no, Maradona es argentino, no está trasnacionalizado; Messi, en cambio, nunca fue argentino. Es una provocación pero sirve para pensar cómo los signos –no las personas concretas–, las imágenes, son significadas y percibidas en ciertos contextos.
–En Taquigrafiando lo social escribió que “al instituirse como espacio autónomo de conocimiento, la sociología se separa del periodismo, de la filosofía, de la política, de otros textos y del sentido común, pero sin anularlos. Estos discursos permanecen intactos como formas de conocimiento, muchas veces, en oposición al razonamiento sociológico”. ¿Qué es, en cuanto al estudio de las ciudades, lo claramente distintivo del razonamiento sociológico?
–No hablaría sólo de las ciudades ni de la sociología. Las ciencias sociales establecen un espacio diferencial a partir del cual se establece un “mundo aparte”. Este “mundo aparte” no está del todo aparte, sino que dialoga, o más bien, está en fricción, que puede ser positiva o negativa, con el periodismo, la filosofía, la política. Las ciencias sociales no pueden coincidir ni con el periodismo ni con la política, pues no tendrían una especificidad; al mismo tiempo, no pueden prescindir del mundo contemporáneo, pues lo que hacen es una especie de taquigrafía de su época. La relación es de proximidad y distancia. El caso de la ciudad no se diferencia de los demás fenómenos que pueden ser estudiados por las ciencias sociales.
–Esta taquigrafía producida por las ciencias sociales, ¿es tomada en cuenta por las otras formas de conocimiento?
–Sí y no. Usan lo que les interesa. Debe ser así. Las ciencias sociales no tienen que rendir cuentas a los políticos, ni a los periodistas, de la misma manera en que los periodistas no tienen que rendir cuentas a las ciencias sociales, aunque busquen en ellas elementos, conceptos, diagnósticos.
–Todos estos conceptos, cuando refieren a la mundialización, ¿son más “aplicables” a las grandes ciudades que a los pueblos, pequeñas ciudades o zonas rurales?
–Las ciencias sociales no tienen que pensar conceptos “aplicables”; deben pensar de manera crítica diferentes niveles de la vida social. Lo que se llama “ciudad” tiene una connotación distinta en función de su tamaño, historia, contextos; en un pueblito, por ejemplo, la noción de anonimato no funciona. Depende de la perspectiva. Por supuesto que las ciudades globales predominan en estos pensamientos, en especial a partir de los trabajos de Saskia Sassen. Estas ciudades juegan un papel económico decisivo. Es importante, pero a mí me interesa el proceso de mundialización; este proceso involucra a ciudades grandes, chicas, pueblitos, zonas rurales. Lo importante es saber cómo se involucran en ese proceso. No existe, no puede existir, una gran teoría general de la globalización. Hay rasgos generales pero debe enfocarse dónde están inmersas las prácticas. Una gran metrópoli tiene espacios mundializados, historia local, etc.
–En Lo próximo y lo distante habló de “dislocarse en un continuum espacial diferenciado” para pensar Japón. ¿Este continuum resulta más apropiado que la imagen fracturada que prevalece acerca de las ciudades?
–Esta idea de fractura es complicada porque implica separación. En realidad son distinciones que deberían ser pensadas en cuanto tales. Hay que evitar esa idea de fractura esquizofrénica que aparecía mucho en la literatura posmoderna. Lo interesante es percibir las conexiones, las distinciones, el proceso de diversificación, que ya existía en la modernidad y que se amplía en la sociedad global.
–Hace dos décadas escribió que “la comprensión de un mundo desterritorializado requiere un punto de vista desterritorializado”. ¿Se llegó a este punto de vista desterritorializado?
–La pregunta en ese momento era si yo, como brasileño, podía pensar algo que no fuera Brasil. Y mi respuesta fue que sí, que no debía encadenarme sólo en la realidad nacional. La idea de desarraigo era importante para pensar cualquier cosa, pero sobre todo los procesos de globalización. Para pensarlos no a partir de Brasil, no a partir de América latina. Quería hacer un esfuerzo metodológico para desenraizarme y tener una mirada, no más neutra, sino más abarcadora. Y todavía vale la pena. Mucho de lo escrito sobre globalización está marcado por la perspectiva anglosajona y no hay ningún esmero para salir de esa perspectiva. Hay límites, pero es importante hacer un esfuerzo. En el estudio de las ciencias sociales, no importa el tema. Es posible salir del espacio y del tiempo. Sirven para eso algunas figuras: el extrañamiento, el flâneur y el viaje.
–De nuevo la idea de que el desarraigo es una condición de época, la expresión de otro territorio.
–Sí, podemos ver otros espacios por fuera del lugar donde el espacio se materializa, al que estamos obligados a llamar local, nacional, etc. La modernidad-mundo se materializa en la vida cotidiana. Por supuesto, no hay ningún “ciudadano global”; es sólo un esmero metodológico. Cuando empezamos las discusiones sobre globalización, en San Pablo, fundé un pequeño grupo para debatir el tema. Había un inconveniente: cada vez que queríamos hablar de todo esto, aparecían los problemas de Brasil, la pobreza, el subdesarrollo, el imperialismo norteamericano… Hasta que propuse cerrar la puerta e imaginar que no estábamos en Brasil, que podíamos pensar el mundo; pero que nadie se preocupara, después abríamos la puerta y todos hablábamos en portugués, nuestros sueldos estaban en ese momento en cruzeiros, gustábamos de los platos brasileños y mirábamos televisión brasileña. Hay que hacer el esfuerzo.
–En general el espacio se piensa en relación al medio físico, la sociedad se piensa en relación al espacio, la cultura se piensa en relación a la sociedad. ¿Por qué es tan difícil sacudirse esta idea?
–Creo que tiene que ver con la noción de sociedad nacional. La idea de que la nación es un territorio, una cultura. Por supuesto, los antropólogos estudiaron así las culturas que hoy llamamos indígenas y antes llamábamos primitivas; esas culturas tampoco podían ser pensadas de esta manera, y sin embargo los antropólogos lo hacían. La construcción de la identidad indígena no se limita a un territorio específico. Implica relaciones con el Estado nacional, con ONG y el Banco Mundial, relaciones que no pueden ser comprendidas sólo en el espacio territorial. La dificultad surge de la combinación entre nación y política. La política se hace predominantemente en la nación; es su lugar por excelencia, también en el mundo globalizado. El territorio nacional es la referencia política. Con la economía y la cultura no sucede así; los elementos de transnacionalización son otros, diferentes a los de la esfera política. Este malestar es contemporáneo. En los 30 o 40 no existía; estaban Brasil, Argentina, Francia, y no había problemas. Ahora esta imagen de los territorios nacionales ya no es la única; hay una asimetría entre el territorio y las imágenes culturales que tenemos de las naciones.

Fuente: Revista Ñ (Argentina). 15 de octubre del 2013.

sábado, 19 de octubre de 2013

Fernando Henrique Cardoso, el intelectual público más destacado de América Latina.

Fernando Henrique Cardoso

Sinesio López (Sociólogo)
Fernando Henrique Cardoso es el intelectual público más destacado de América Latina. Es también uno de los más preclaros representantes de la élite brasileña tanto en el campo intelectual como en el político. Ha sido Senador y Presidente de la República por dos periodos consecutivos, elegido con la más alta votación. La élite estatal brasileña es, a su vez, una de las mejores de América Latina que puede competir de igual a igual con la élite privada, pese a las limitaciones que, según Peter Evans, presenta el Estado desarrollista brasileño con respecto al Estado desarrollista arquetípico de los tigres asiáticos. Imposibilitados de transformar a la burocracia en su conjunto, los dirigentes brasileños se empeñaron en crear “reductos de eficiencia” dentro de la burocracia, modernizando gradualmente el aparato del Estado en lugar de someterlo a una transformación amplia.
Estudió en la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras de la Universidad de Sao Paulo (USP) en donde obtuvo la licencia en Ciencias Sociales. En 1961 obtuvo el doctorado en Ciencias Políticas con la tesis “Capitalismo y esclavitud en el Brasil Meridional” bajo la dirección del célebre sociólogo Florestán Fernández. En 1962 y 1963 cursó un postgrado en el laboratorio de Sociología Industrial de la Universidad de París bajo la dirección de Alan Touraine. Su experiencia académica es también vasta. Trabajó entre 1964 y 1967 en el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES), en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Chile. En 1967 fue profesor de la Universidad de París-Nanterre y de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales también en París en donde fue un excepcional testigo de la protesta estudiantil y de la revolución de mayo de 1968.
Ese año volvió a Brasil y fue profesor de Ciencia Política en la USP y uno de los fundadores del Centro Brasileño de Análisis y Planificación (CEBRAP) en 1969. En los setenta fue profesor visitante de varias universidades prestigiosas de Europa y de Estados Unidos, entre ellas las universidades de Stanford, Princeton, Cambridge, Brown, Berkeley y en el Instituto de Estudios sobre Desarrollo Económico y Social (IEDES) de París. Sus numerosas investigaciones y publicaciones tocan diversos temas de las ciencias sociales: el desarrollo de AL, el Estado y la política, las dictaduras y la democratización, las transiciones democráticas. El libro más original y de mayor impacto en las ciencias sociales y en la política es Dependencia y desarrollo en América Latina, ensayo de interpretación sociológica (siglo XXI: 1970). En las mejores universidades y publicaciones de Europa y de Estados Unidos ese libro sigue siendo un referente importante para comprender AL. El libro es en verdad un clásico de la sociología política comparada de AL.
Cardoso ha participado también en interesantes debates intelectuales.  Los más importantes que han sido analizados en la academia y en la política de América Latina y del mundo son los que sostuvo con Gunder Frank y Ruy Mauro Marini sobre dependencia y desarrollo en AL; con José Nun, erudito sociólogo argentino, sobre la masa marginal y el ejército industrial de reserva en AL; con Nicos Poulantzas sobre estructuralismo y marxismo; con Guillermo O’ Donnell sobre el Estado Burocrático Autoritario en AL. Su contribución al desarrollo de las ciencias sociales es original y de gran impacto en el campo del desarrollo económico y de la política, razón por la cual la PUCP le otorgará el martes 22 el doctorado honoris causa.
Fuente: Diario La República (Perú). 17 de octubre del 2013.

Debate sobre la costumbre de comer gato en el sur del Perú.

Cabrito de Techo


Gregorio Martínez

Esta expresión eufemística, “cabrito de techo”, utilizada por los devotos de comer gato techero, es de origen criollo y urbano. Atribuírsela a los negros, especialmente en los tiempos de la esclavitud, denota ignorancia supina; pero sobre todo, constituye una burda muestra de prejuicio y racismo.

En el campo agrario, donde se concentraban los negros esclavos, no existían gatos techeros. Solo morrongos de fogón. El gato techero es un típico fenómeno urbano en el Perú; mientras en otras ciudades, en París, en Roma o en Nueva York, por ejemplo, el techo es el predio expropiado por las palomas que migraron del monte.
Además, en el campo, donde las viviendas están aisladas, todo cabrito es techero. Durante años se murmuraba que en la casa de mi hermano Onésimo, en Coyungo, asustaban. Muchos que se habían alojado en su casa atestiguaban que, a medianoche, un rostro de ojos enormes asomaba por el tragaluz del techo. Intrigado, mi hermano que era muy incrédulo y curado de susto, un día decidió mantenerse alerta. Finalmente descubrió que se trataba de un cabrito que trepaba al techo por el horno y curioso asomaba por el tragaluz.

Valga aquí una atingencia, como decía el bardo Manuel Acosta Ojeda. Aunque el minino se muestre muy querendón y casero, arrimado al fogón, el caso científico es que el gato jamás entró a la domesticación. No hay felino doméstico. Situación que sí buscaron el perro y el caballo. Ellos la buscaron, no fue algo premeditado por el homo sapiens como soberbiamente lo cree la humanidad.

Igual que la paloma o la rata, el gato solo empezó a merodear el ámbito donde se estableció el homo sapiens al salir de la caverna. Sagazmente en espera de que los ratones se acercaran en busca de sobras de comida.
Fue en la urbe donde los criollos jaraneros afinaron la afición de comer gato. Para dorar la píldora establecieron como un ritual solo para los elegidos. Pero al principio el gato techero había sido un recurso ante la carencia de pollo o gallina que, antes que prosperara la avicultura, costaban un ojo de la cara.

En el caso del supuesto amor gastronómico de los negros por el gato techero, resultan ostensibles el prejuicio y el racismo concatenados. Entonces, el ideario doloso aflora cuando se sostiene que un potaje de gato es “manjar de esclavos”. Sentencia que establece, por lo tanto, que hay un “manjar de reyes” y es el único deseable. 

Fuente: Revista Caretas n° 2305. 17 de octubre del 2013.

lunes, 7 de octubre de 2013

Origen de la costumbre sureña de comer gato.

Los Gatos son Manjar de Esclavos


Rodolfo Hinostroza

Cuando yo tenía la página gastronómica de un diario local, uno de mis colegas, el fotógrafo Carlos “Chino” Dominguez, me invitó a comer cabrito de techo, que es el gracioso y repulsivo nombre que los criollos viejos le dan al gato doméstico. “Tú que eres gastrónomo” me dijo “seguro que te va a gustar”. Lo que no sabía el Chino es que yo me había criado entre gatos, por así decirlo, y desde muy niño había aprendido a quererlos y a admirarlos tal como otras personas aman a los perros, o a los caballos. Me podía quedar durante horas admirando sus gráciles movimientos, sus saltos elegantes, sus divertidos juegos. Cuando yo vivía en París me afilié a la única institución que pertenecí en mi vida, la “Sociedad de Defensa de los Gatos Libres”, cuyos miembros nos comprometíamos bajo palabra de honor a proteger a los gatos callejeros que encontráramos por ahí, y darles comida y techo. Y justamente enfrente de mi casa había un terreno baldío donde paraba un gatito atigrado que aparecía y desaparecía, pero solía dormir acurrucado en un viejo portal, de modo que me dediqué a protegerlo: le construí una casita con una caja de cartón forrada con trapos viejos, para el frío, y le dejaba latitas de comida para gatos que él se despachaba en un par de días, feliz de la vida. Unos años más tarde llegué a tener 17 gatos, que fue mi récord absoluto en cuestión felinos, muy lejos desde luego que mis amigos mexicanos Carlos Monsivais, que confesaba un centenar de gatos, y la viuda de Octavio Paz, Marie-Jo, que ya va por los 120…
“Y con qué cara voy a mirar a mi gato cuando regrese a casa? “ le repuse al Chino, quien, felizmente, nunca más me volvió a invitar a semejante atrocidad. Después me enteré de que fueron los esclavos negros los que introdujeron esa abominable costumbre en el Perú, y no porque en el África se comiese gato, sino porque los esclavos no tenían acceso a ningún otro tipo de carne. Según las leyes coloniales, los españoles y sus descendientes se alimentaban solo de la carnecita de bueyes, cerdos y corderos, y dejaban las vísceras para el pueblo: esclavos negros, blancos pobres y toda suerte de mestizos. Es por eso que los negros se volvieron virtuosos en la preparación de mondongos y menudencias: anticuchos, choncholí, pancita, cau-cau, y la morena anticuchera se convirtió en una institución que hasta ahora reina en las esquinas de algunos barrios. Y para salir de la monotonía de tal dieta, cazaban gatos techeros y se los comían en ocasiones especiales, y debemos creer que lo encontraban delicioso.

Es un caso parecido –salvando las distancias– a las vicisitudes de las guerras, en que los hambrientos combatientes se alimentan de ratas y de todo tipo de alimañas, y las encuentran igualmente deliciosas… Pero una cosa es la guerra y otra la paz, una cosa es la esclavitud y otra la libertad. Y en períodos de paz nadie sueña con comerse una gorda rata repugnante, aunque sea sazonada con las más ricas salsas, y su sola mención provoca el asco. Pero lamentablemente la costumbre de comer gato perduró, especialmente en el Sur Chico, donde históricamente se concentraron los esclavos negros, bajo pretexto de celebrar a Santa Efigenia, la única santa negra del panteón cristiano, y una vez que don Ramón Castilla decretó su libertad, los afroperuanos lo celebraron con banquetes de carne de gato, hasta el día de hoy. Horrible, ¿no?

¿Y por qué eso nos inspira tanta repugnancia? Pues simplemente porque el gato es un animal doméstico, un compañero que el hombre ha elegido desde hace muchos milenios, juntamente con el perro y el caballo, para que lo acompañe en la aventura humana y no para que le sirva de alimento. Es repugnantemente desleal que aquellos fieles camaradas de días felices y desgraciados, que esperan de nosotros la salud y la vida, sean sacrificados y devorados por sus propios amos. En el Egipto de los Faraones los gatos eran considerados animales sagrados, porque se creía que eran capaces de percibir y ver el alma de la gente, cosa que los humanos somos incapaces de hacer, y es por ello que solían acompañar a sus amos a la tumba, junto con sus servidores como se comprueba en las antiguas sepulturas. Y es más, el hecho de matar intencionalmente a un gato era castigado con ¡la pena de muerte! ¡Que tiemblen los cañetanos!

Y es paradójico que en plena Revolución Gastronómica Peruana, que ha llevado a nuestra cocina a los primeros rangos de la gastronomía mundial, justo después del festival “Mistura” del que nos enorgullecemos todos los peruanos, venga el abominable “Curruñao”, en el que se engorda durante meses a los gatitos hasta que adquieren volumen y peso, y entonces sus propios amos los sacrifican alevosamente, para comérselos como verdaderos salvajes. Guardando todas las distancias del caso, esto me hace recordar unas páginas del cronista Cieza de León, que cuenta cómo es que los caníbales americanos criaban y engordaban a los niños, fingiendo amarlos y protegerlos, hasta que una vez cumplidos los 12 años eran muertos, descuartizados y engullidos por aquellos antropófagos, provocando el asco y el horror de los conquistadores. Es el mismo asco y horror que nos provoca a los seres civilizados ese festival de la Quebrada San Luis de Cañete, en que esos preciosos animales domésticos son devorados por los desaprensivos pueblerinos, en homenaje a los esclavos negros que trajeron esa vergonzosa costumbre al Perú, provocando el repudio de la mayor parte de su población que se precia de su estupenda gastronomía.

¿Y dónde está la Sociedad Protectora de Animales

Fuente: Revista Caretas n° 2302. 26 de septiembre del 2013.

viernes, 30 de agosto de 2013

La sociedad democrática nacional y el imperio digital global.

El riesgo para la libertad

Cuando el Estado democrático, con la colaboración de las grandes corporaciones digitales, espía de forma global para optimizar su seguridad ante cualquier amenaza, ¿quién defenderá los derechos individuales?


Ulrich Beck. Profesor en la London School of Economics y en la Universidad de Harvard.
El escándalo de la red de escuchas Prisma ha abierto un nuevo capítulo en la sociedad del riesgo mundial. En los decenios pasados hemos conocido una serie de riesgos globales: el cambio climático, el riesgo nuclear, el financiero, el terrorismo... y ahora el riesgo digital global que amenaza a la libertad. Todos estos riesgos (con excepción del terrorismo) en cierto modo forman parte del desarrollo tecnológico, pero también cristalizaban temores que se habían expresado durante la fase de modernización de estas nuevas tecnologías. Sin embargo, ahora se produce un acontecimiento en el que un riesgo se constituye de golpe en un problema mundial, como ocurre en la amenaza para la libertad que han puesto en evidencia las revelaciones de Edward Snowden. Estamos ante una lógica del riesgo completamente distinta.
En el caso del riesgo nuclear, los accidentes de Chernóbil y de Fukushima han suscitado un debate público. En el caso del riesgo para la libertad, por el contrario, lo decisivo no fue el caso catastrófico, puesto que aquí la catástrofe sería la hegemonía del control impuesta en el nivel global, es decir: en realidad, la desaparición del riesgo tal como lo entiende la hegemonía informativa impuesta. Dicho de otro modo: la catástrofe habría ocurrido, pero nadie se habría dado cuenta. Eso supone una completa inversión de la situación, que puede verse de otro modo: al principio, todos los riesgos globales compartían varias características. Todos revelaban en las experiencias cotidianas la interdependencia global. Todos son, en un sentido especial, globales, esto es: no se basan en accidentes espacial, temporal y socialmente delimitados, sino en catástrofes que carecen de límites en cualquiera de estas dimensiones. Y todos son efectos colaterales de los éxitos de la modernización, que, a su vez, ponen retrospectivamente en cuestión las instituciones de modernización existentes. En el caso del riesgo para la libertad, lo que se pone en tela de juicio son las posibilidades de control de los propios Estados nacionales democráticos; en los demás casos, los cálculos de probabilidad, la protección de las compañías de seguros, etcétera.
También tenemos que vérnoslas con una inflación de las catástrofes que se ciernen sobre nosotros, en la que cada nueva catástrofe amenaza con degradar a la siguiente: el riesgo financiero eclipsa el riesgo climático. El riesgo del terrorismo eclipsa los riesgos digitales para la libertad. Esto último es, por lo demás, uno de los obstáculos centrales que impiden reconocer públicamente y convertir en objeto de acción pública ese riesgo para la libertad.
La generación de Facebook sacrifica parte de su libertad individual y de su esfera privada
Es verdad que ese reconocimiento se está produciendo ahora, pero aún es muy frágil. Si se busca un actor poderoso que tenga auténtico interés en que se tome conciencia pública de ese riesgo y, por consiguiente, mueva a adoptar acciones políticas, lo primero que nos viene a la cabeza es el Estado democrático. Pero eso sería poner el lobo a guardar las ovejas. Es precisamente el Estado, en cooperación con las grandes corporaciones digitales, el que ha levantado ese poder hegemónico para optimizar su interés esencial, que es la seguridad nacional e internacional. Pero esto podría suponer un paso histórico que nos apartara del pluralismo de los Estados nacionales en dirección a un Estado digital mundial libre de cualquier control.
El segundo actor que podría movilizarse es el propio ciudadano. Al fin y al cabo, los usuarios de los nuevos medios de comunicación digital se han convertido en una especie de cyborgs. Utilizan esos medios como órganos sensoriales, forman parte de su forma de actuar en el mundo. La generación de Facebook vive en esos medios y sacrifica al hacerlo gran parte de su libertad individual y de su esfera privada.
¿Qué instancias de control quedarían? En Alemania, por ejemplo, la Constitución. Su artículo 10 consagra la inviolabilidad del correo y las telecomunicaciones en una frase que se lee como si procediera de un mundo perdido. En Europa tenemos órganos de control ejemplares, toda una serie de instituciones que intentan imponer los derechos fundamentales contra estos poderes superiores, entre las que se cuentan el Tribunal Europeo de Justicia, las agencias de protección de los datos personales o los Parlamentos. Pero todas estas instituciones, y esa es la paradoja, fracasan precisamente cuando funcionan. Porque los medios que tienen a su disposición están limitados a los Estados nacionales, mientras que aquí nos enfrentamos a procesos globales. Lo mismo puede aplicarse a los demás riesgos globales; las respuestas nacionales y los instrumentos institucionales de los que disponemos no son acordes a los riesgos de la sociedad del riesgo mundial.
Suena muy pesimista. Pese a ello, hay que ir un paso más allá y plantearse si nosotros, como científicos sociales, hombres corrientes y usuarios de estos instrumentos de información digital, ya nos hemos dotado de conceptos adecuados para describir cuán profunda y fundamentalmente se han transformado la sociedad y la política. Creo que carecemos aún de categorías, mapas y brújula para este Nuevo Mundo.
Hoy se conocen todas las preferencias y debilidades: todos nos volvemos de cristal, transparentes
Pongamos un ejemplo, para ilustrar el riesgo que amenaza a la libertad. Hablamos sin cesar de que está surgiendo un nuevo imperio digital. Pero ninguno de los imperios históricos que conocemos tiene los rasgos que caracterizan al actual imperio digital. Este imperio se basa en señas de identidad de la modernidad que no hemos pensado a fondo. No se basa en el poder militar, ni posee la capacidad para una integración político-cultural a distancia. Pero sí dispone de posibilidades de control de una amplitud y profundidad capaz de evidenciar todas las preferencias y debilidades individuales: todos nos volvemos de cristal, transparentes. Y a esto se añade además una ambivalencia esencial: disponemos de inmensas posibilidades de control, pero al mismo tiempo estos controles digitales son de una vulnerabilidad inimaginable. Ningún poder militar ni revolución amenazan al imperio del control, sino un único y valeroso individuo: Snowden, un treintañero experto en seguridad, es capaz de hacer que se tambalee, y además lo logra volviendo al propio sistema de información contra sí mismo. Es decir, en este sistema aparentemente hiperperfecto de control, existe una posibilidad de resistencia del individuo que jamás hubo en ningún otro imperio. El ciudadano corriente dispone, en contraste con Snowden, de un conocimiento mucho más limitado de la estructura y el poder de ese supuesto imperio. Pero eso no se aplica a la generación joven, que como un Cristóbal Colón irrumpe en ese Nuevo Mundo y hace de las redes sociales una prolongación de su propio cuerpo comunicativo.
Y aquí se evidencia una consecuencia esencial. El riesgo de una vulneración de los derechos a la libertad se valora de forma diferente a la vulneración de derechos relativos a la salud, como la que se deriva del cambio climático. La vulneración de la libertad no duele, no se nota, no se experimenta como una enfermedad, una inundación o una carencia de oportunidades laborales. La libertad muere sin que las personas sean heridas físicamente. En todos los sistemas políticos, la promesa de seguridad constituye el verdadero meollo del poder del Estado y de la legitimación del Estado, mientras que la libertad siempre es o parece ser un valor de segundo rango.
¿Qué se puede hacer? Yo propongo que formulemos algo así como un humanismo digital. Debemos convertir el derecho fundamental a la protección de los datos y a la libertad digital en un derecho humano global e intentar hacer valer este derecho al igual que el resto de los derechos humanos, en contra de las resistencias. De lo que se carece es de una instancia internacional capaz de imponer estas reivindicaciones. En ese aspecto, el riesgo para la libertad no se distingue del riesgo que supone el cambio climático. No hay ningún actor en el plano internacional capaz de afrontarlos. Pero la inquietud es internacional; el riesgo global tiene una capacidad de movilización enorme. Se trataría de aunar y encauzar políticamente esa inquietud que en grados diversos corre a través de los movimientos sociales y partidos políticos de distintos países. Precisamos una invención transnacional de la política y la democracia que posibilite revivir y hacer valer los derechos democráticos fundamentales en contra del dominio de esos monopolios del control completamente emancipados.
Traducción de Jesús Alborés Rey.
Fuente: Diario El País. 30 de agosto del 2013. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Historia del viraje en la perspectiva de la infancia y niñez.

Niños trabajadores, menores de 10 años. Port Royal, Carolina del Sur. 1912

El peso de la mirada adulta

Por: Alba Flesler

De uno u otro modo, al escribir o hablar sobre el niño como objeto de deseo confesamos en acto el sitio de valor que el niño tiene para nuestro decir. Parece evidente, y sin embargo no va de suyo que así sea. De hecho, no siempre fue así.

En los tiempos del Antiguo Régimen, según sostiene Philip Ariés, la sociedad no podía representarse bien al niño, y la duración de la infancia sólo se reducía al período de mayor fragilidad, cuando la cría del hombre no podía valerse por sí misma. De modo que, en cuanto podía desenvolverse físicamente, se le mezclaba rápidamente con los adultos.
Con ellos compartía trabajos y juegos, haciendo que el aprendizaje, lejos de serle especial, se sostuviera durante siglos en la convivencia del niño con los adultos, y se sustentara en el contacto directo con ellos.
Nos causa sorpresa pensar que apenas unos siglos atrás, el niño de pocos años era considerado una cosita graciosa, que divertía a la gente como “un animalito”, pero, también saber que, si para el caso y como era frecuente, el pequeño moría, no se daba mucha importancia al asunto. Era reemplazado por otro niño. Y ese suceso lejos estaba de despertar la pregunta por la responsabilidad del adulto, la conciencia o la voluntad de otorgar más cuidado al niño y acaso valorar su vida. Los niños morían ahogados en la práctica habitual del colecho con sus padres sin llegar a ser bautizados, dándonos pruebas del lugar desdibujado que tenía el niño por entonces y la frecuencia de su anonimato.
Desde aquel momento a nuestros días, la escolaridad cifró, sin duda, un verdadero viraje en la perspectiva de la infancia, pero la auténtica revolución se produjo en los albores del siglo XX, cuando Sigmund Freud le dio la palabra al niño.
Le dio la palabra al niño, también le dio el saber a la infancia respecto de la etiología de las neurosis y sus destinos pero abriendo un terreno de inciertas consecuencias a futuro.
Desde entonces, en el breve período transcurrido, vimos al niño entrar en la mira de múltiples disciplinas, ampliándose el interés y el deseo por el niño.
Sin embargo, tomado como objeto, el niño no siempre es objeto de deseo. Dicho con toda la rigurosidad lógica, y atenta a la complejidad de lo que afirmo, diría que un niño sólo es objeto de deseo cuando él, el niño, hace falta. Por eso prefiero distinguir cuándo un niño es colocado predominantemente como objeto de goce, aun con las mejores intenciones, cuándo es sostenido como objeto del deseo enraizado en la falta y cuándo es considerado un objeto de amor abrevado en el narcisismo de sus padres o cuidadores.
En otras palabras, amor, deseo y goce pueden enlazarse benéficamente dando por resultado un espacio abierto para la subjetividad del niño o pueden estrechar sus miras desenlazando sus razones y cercenando la oportunidad de que un niño, sólo tomado como objeto, del deseo, del amor, o del goce, llegue a alcanzar luego y a su vez, una posición de sujeto capaz de amar, de desear y de gozar de las chances que le brinda la vida.
Estos tiempos nos encuentran también debatiendo los derechos del niño para afinar sus beneficios, pero abren una deuda: ocuparnos de nuestro deseo respecto del niño. Pues en la pregunta por la responsabilidad del adulto, y la ardua tarea de delimitar su alcance, se proyecta no sólo el futuro de los niños como objeto de deseo del adulto, también la respuesta que anhelamos que ellos logren como sujeto.
Flesler es autora de “El niño en análisis y el lugar de los padres” y “El niño en análisis y las intervenciones del analista” (Editorial Paidós).

Fuente: Revista Ñ. 07 de agosto del 2013.

martes, 30 de julio de 2013

Teoría y prácticas del multiculturalismo en Canadá. Patrick Imbert.

“El multiculturalismo en Canadá es entendido como una extensión de los derechos humanos”

El especialista en multiculturalismo estará en la conferencia Teoría y prácticas del multiculturalismo en perspectiva comparada: Canadá y América Latina a las 12:15 p.m. en el Auditorio de EEGGLL. También participó de la mesa redonda, “Teorías y prácticas del multiculturalismo en perspectiva comparada: los casos de Canadá y América Latina”, organizado por Estudios Generales Letras, para explicar este fenómeno.

¿Cuáles son los principales aspectos del multiculturalismo?

Existen tres elementos, el grupo mayoritario, minoritario y el respeto por el individuo. El multiculturalismo en Canadá se basa sobre dos importantes ideas, la primera es proteger al grupo minoritario y resguardar a sus individuos, porque este fenómeno es entendido como una extensión de los derechos humanos. La segunda idea importante, se da en la existencia de diversos derechos específicos, es decir, que un grupo minoritario no necesita que se reconozcan diferencias completas frente a la sociedad exceptuando, por ejemplo, que algunos grupos les gustaría que se les reconozca su diferencia lingüística por tratarse de un grupo autóctono, por lo que se les va a reconocer el derecho a una educación bilingüe, otro grupo va a pedir que se reconozca su derecho a la pesca, a otro le gustaría tener excepciones religiosas por ejemplo, el uso del velo para cubrirse. Esas son las ideas importantes del multiculturalismo.

¿Cómo se logra asegurar el éxito de los inmigrantes en Canadá?

Hay diferentes tipos de inmigrantes, naturalmente hay quienes vienen con diplomas e ingresos, por lo que realmente no necesitan ayuda, pero para los menos favorecidos hay programas del municipio para integrar a los niños en programas especiales en escuelas donde se pueden, por algunos meses, estudiar en su lengua materna y en una del país, como inglés o francés. También hay programas que pueden tener acceso a departamentos básicos que no cuestan mucho donde no hay discriminación, la ayuda se da en diferentes niveles. El multiculturalismo fue implementado en Canadá en el 1971 para luchar contra el racismo y la población se ha acostumbrado a reconocer el multiculturalismo como un valor importante de la paz social y de la democracia, esto es por la existencia de una reglamentación en todos los niveles para que no haya discriminación, por ejemplo, cuando se trata de conseguir un trabajo.

En el mundo globalizado, ¿las culturas se ven amenazadas por un proceso de homogeneización?

Para mí no. Sé que hay varias teorías, pero no lo veo como un proceso de homogeneización de la cultura, porque el proceso básico de la globalización favorece el movimiento y el encuentro, entonces la gente se mueve de un país a otro, de una lengua a otra. Es cierto que se convierte en una persona bilingüe o bicultural y esto hace que se trasformen ambas culturas, incluso podría decirse que en el marco de la modernización, el proceso de homogeneización fue implementado por el Estado-Nación, porque la mayor parte de estos en Europa o América Latina, han tratado de suprimir las diferencias culturales o lingüísticas de una manera forzada, pero a partir del Estado.

¿Cree que los medios de comunicación han redefinido el sistema de valores?

Naturalmente y no solo los medios de comunicación, sino también los nuevos sistemas como Twitter, Facebook y toda la web, porque ahora tenemos acceso a cualquier cosa que buscamos en tan solo dos minutos y podemos compartir nuestras ideas con personas de todo el planeta y recibir correos muy rápidamente. Entonces, uno de los valores que ahora apreciamos es la eficiencia, la rapidez y la posibilidad de cambiar de idea o de cultura porque ahora la gente se comunica con diferentes culturas de manera instantánea, y en efecto, ese cambio que hace 50 años se temía, ahora es algo muy positivo para los jóvenes.
Usted sostiene que el lenguaje de los medios había ayudado a crear estereotipos…
Los medios de comunicación son un poder muy grande que crean estereotipos y han remplazado en parte el rol del Estado-Nación de crear estereotipos de homogeneización de un país. Ahora son los medios privados o públicos quienes los crean. Hay algunos que contribuyen a la paz o a la no discriminación, pero la mayor parte crean situaciones donde la gente no puede tener acceso directamente, todo es a través de la mediación de los estereotipos, entonces en mayor parte no son estereotipos que pueden crear comunicaciones interculturales positivas.
A eso se refería con que los medios inventan una realidad.
La cuestión es que nunca tenemos acceso a la realidad. Nuestro acceso a la gente o al mundo material es a través de mediaciones de teorías científicas, culturales y lingüísticas. Los medios han creado filtros particulares, dependiendo de sus estrategias, para imponer cierto tipo de mediación a través de estereotipos que permiten crear una cultura o ideología particular. Por ejemplo, desde 1971 los medios canadienses se han consagrado a difundir cada día la óptica positiva sobre el multiculturalismo, no solo es una cuestión de reglamentación es una nueva construcción del país, una nueva invención de la nación y esto fue manejado por el gobierno a través de los medios públicos y privados.
Fuente: puntoedu.pucp.edu.pe  30 de mayo del 2013.

domingo, 14 de julio de 2013

Cultura combi y camionetazo en el Perú.

"CULTURA COMBI Y CAMIONETAZO"


Por: Eloy Jaúregui (Escritor)
La clase media en el Perú es un oxímoron por vanidosa y un pleonasmo por menesterosa. Un informe reciente del BID dice que el 70 % de la población en Perú pertenece a la clase media.
Canallas, para ello sustentan que para pertenecer a este sector basta con un sueldo de 900 soles mensuales. ¡Qué! Soy enemigo de las estadísticas.
Son las zorras de las matemáticas. Comoeldicto al mercado Minka sé que nadie posee una camioneta 4x4 –ni china– con esa cantidad y nuestras calles y avenidas van atrancadas de ellas. Sin embargo, ningún smartphone Nokia Lumia 920 o un reloj Maurice Lacroix le otorgan a uno caché y prestigio como una camioneta Land Rover Range Rover v8. Un ‘lorcho’ con esa caña bien puede considerarse un Carlos Slim o un Bill Gates del emprendimiento cuy.
Soy clásico del pobre, vivo en Jesús María y tengo novia en Los Olivos, el Beverly Hill de Lima Norte. En mis pagos no se nota. Mis vecinos mantienen su status Toyota y hasta idolatran sus VW. Enemigos del ruido y el claxon, conducen con apatía de vieja tejiendo bufanda. Allá, en el norte, no. El ascenso social los hace inmunes al orden. Sufren de la anomia que les otorga sus tarjetas de crédito y el dinero plástico. Cierto, la mayoría ha pasado de la hedionda “cultura combi” a la fragante “cultura del camionetazo”. Así, son prepotentes y achorados. Todos usan armas de fuego. Miran como sicarios y caminan como “marcas”. Sus 4x4 vienen con discoteca incluida. Maduros, oyen a los One Direction y portan hasta 5 celulares. Entonces conversan, se cruzan, se meten, tragan manzanas, tararean, se tiran pedos, gilean, eructan, hablan con la otra, dan órdenes a sus lacayos por su USB debugging micrófono aparte y leen su Trome.
La verdadera clase media –para Arellano Marketing– está entre los (NSE) tradicionales. El concho de la C y un toque de la B. Es más, las empresas de investigación serias afirman que apenas un 28 % de los peruanos son de clase media –según nivel de ingreso–, pero cuando se le pregunta a la gente: ¿a qué clase pertenece? Un 56% se siente clase media. Es verdad, esta nueva clase media en base a los sectores emergentes, crece hace 50 años cuando llegaron como migrantes. Desde ese tiempo han acumulado propiedades y generado sus pequeñas y/o enormes empresas. Ergo, este sector no necesariamente tiene las costumbres y sigue la forma de actuar de su ADN tradicional, presenta códigos musicales, artísticos, culturales y económicos diversos. Pero los domingos, chapan cuy y se emborrachan metiendo tiros.
El peruano de marras es un migrante genético y un trashumante empedernido. A la cifra que manejaba el Dr. Teófilo Altamirano en 1985 donde se explicaba las 70 mil instituciones provincianas que operaban en Lima, sería bueno recordar las investigaciones de José Matos Mar sobre el origen de las barriadas en los 50: “Desborde popular y crisis del Estado”, y las culturas hibridas y barrios marginales en los textos Carlos Iván Degregori. ¿Qué se explica? La permanente y castrante búsqueda de la modernidad y el fracaso de su representación política. Así, el peruano del anexo viaja al distrito y luego a la provincia y de ahí a la capital del Departamento y luego llega a Lima y ya está buscando cómo irse Argentina o España. Errante errático, por no decir vagabundo, no tiene anclajes y pierde su identidad.
La nueva clase, no digo media sino “intermedia”, además de ser prepotente y arrasadora milita en los tres tipos de economía: la formal, la informal y la delictiva. Tiene talleres, son dueños de una flota de mototaxis y lava dinero en los chifas. En Los Olivos, una familia de cuatro personas acostumbra ir a un restaurante o al multicine una vez por semana. Sus hábitos de consumo los ha trasladado a los nuevos centros comerciales. Este limeño de nuevo cuño, es conchudo. Y está bien. Invade Mega Plaza como se mete en el CC Caminos del Inca. Fachoso, porta licencia de patán. Antes, se cohibía de ingresar a los restaurantes gourmets. Hoy, atropella en las tiendas fichas y paga por un par de zapatillas hasta 500 dólares. O sea, ha roto el espacio de la segregación.
Pedro Francke a quien conozco de analista serio le ha pegado su buena zurra a los genios del Banco Interamericano de Desarrollo. De acuerdo con lo que también afirma el economista Enrique Vásquez, no puede existir un 70 % de peruanos que militen en la “clase media” cuando el mismo BID dice que en Perú el 40 % somos pobres. Por ello, hablan de una “media clase”. De que en nuestro querido Perú, en economía, 2 más 2 da 7 si es de día y 3 cuando cae la noche. Insisto, dudo del Opus Dei más que del INEI, que hoy no quiere censar a los gay. Dije que intento ser clásico, pero no soy un reverendo reaccionario. Así, veo como los Wong y los Vivanda andan repletos. Observo que los peruanos –los he visto en Piura, Trujillo, Ica, Arequipa etc.– tienen una capacidad de gasto que antes no existía. Y está bien.
Pero resumiré. Un peruano de la nueva clase intermedia todavía rebuzna entre el caldo de gallina vs. combo 1 McDonald. Aparecen los restaurantes campestres en Santa Eulalia, Pachacámac y en Cienaguilla. Ahí se refutan las identidades nacionales y las cocinas departamentales reclaman un lugar en las ciencias sociales. ¿Comemos igual todos los peruanos? No creo. ¿Tienes trabajo? ¿Eres informal? ¿Cuánto vale tu Audi? La oferta es múltiple y cruel, y tiene el vómito de la corrupción. Persisten dos formas de existir. Dos conceptos de trepar al cielo del éxito. Hay pues dos países cohesionados y en conflictos simultáneo. El Perú combi y el del camionetazo, todavía.
Fuente: Diario 16. 13 de julio del 2013.